(*) Por Diego Díaz Martín
Con la muerte del Papa Francisco, el mundo reflexiona sobre su legado. Más allá de dogmas o controversias, deja una huella profunda en creyentes y no creyentes. Entre sus contribuciones, una resuena con fuerza en este siglo marcado por la crisis climática: su defensa apasionada del planeta como casa común. En tiempos de escasez de voces morales con autoridad global, denunció el deterioro ambiental como síntoma de una crisis más amplia, ética y espiritual. Por eso, muchos se preguntan hoy: ¿fue un profeta ambiental del siglo XXI?
En 2015, en un contexto de crecientes tensiones políticas, desigualdades sociales y una crisis ecológica cada vez más visible, sorprendió al mundo con la Encíclica “Laudato Si”. Con un lenguaje claro y directo, declaró que proteger la Tierra es un deber moral y una responsabilidad compartida por toda la humanidad, sin distinción de credos ni fronteras.
Con una mirada profundamente humana, abordó temas críticos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el consumo desmedido y las injusticias sociales. Su propuesta de una “ecología integral” hizo eco en muchos de nosotros que trabajamos por el ambiente, al conectar lo ambiental, lo social y lo espiritual en una misma visión, más allá de lo económico. Para él, la crisis ecológica no era sólo técnica; era también ética, cultural y espiritual. Como él mismo escribió: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental.” Esa frase aún resuena como una brújula para entender los desafíos de nuestro tiempo.
Su voz, aunque incómoda para algunos sectores políticos, logró poner el cuidado del planeta en el centro del debate global. Cuestionó modelos económicos basados en la explotación sin límites, e interpeló a líderes y ciudadanos a actuar con responsabilidad y compasión. Fue, en muchos sentidos, valiente. Incomprendido a veces, pero la mayoría de las veces coherente con sus principios.
Es oportuno recordar que no fue el primero en hablar del tema. Juan Pablo II ya había advertido sobre la necesidad de una conversión ecológica, y Benedicto XVI fue apodado por algunos como “el Papa verde” por su compromiso con la sostenibilidad. Sin embargo, Francisco llevó el tema a otro nivel: articuló un mensaje integrador, convocó a científicos, movilizó a comunidades religiosas y despertó la conciencia ecológica de millones de personas.
Hoy, su legado verde se refleja en programas educativos, políticas públicas y movimientos ciudadanos inspirados en “Laudato Si”. Su llamado sigue vigente, recordándonos que cuidar la naturaleza no es una opción, sino una forma de cuidar la vida misma.
Más allá de credos o ideologías, el mensaje de Francisco nos interpela como especie: vivir en armonía con la Tierra no es una utopía, sino una urgencia compartida. En ese sentido, quizás sí: fue un profeta ambiental del siglo XXI.
QEPD.
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(*) Biólogo, doctor en Proyectos de Ingeniería y presidente-Fundador de Vitalis. Profesor universitario y creador de contenidos sobre sostenibilidad, ambiente y turismo. www.linkedin.com/in/ddiazmartin
]]>Por. Dr. Diego Díaz Martín (*). @DDiazMartin
Las aspiraciones Rusas en Ucrania y el conflicto Israel-Gaza-Palestina-Irán encienden las alertas del mundo entero, en especial de Europa. En las guerras nadie gana y todos pierden, incluyendo el medio ambiente.
Los efectos negativos de las guerras los sentimos principalmente en los seres humanos. Son ellos quienes experimentan las mayores pérdidas. Muertes, mutilaciones, discapacidad permanente, desnutrición, enfermedades físicas y hasta abuso sexual, son prácticas observadas en muchas guerras.
A lo anterior debemos sumar los efectos reconocidos por la Asociación Psiquiátrica Mundial, que incluyen aumento en la incidencia y prevalencia de los trastornos mentales, tales como estrés postraumáticos y ansiedad, en los cuales mujeres, niños, ancianos y discapacitados, suelen llevarse la peor parte.
Como si esto fuera poco, los impactos ambientales negativos de la guerra se sienten también en la naturaleza, inclusive, mucho antes que los conflictos comiencen.
La construcción de instalaciones militares y la extracción de materia prima para elaborar el armamento, vehículos militares, uniformes y en general de toda la infraestructura bélica, demanda agua, energía y materia prima para sistemas usualmente ineficientes, con grandes contribuciones de gases de efecto invernadero, por citar solo algunos de sus impactos más significativos.
Sin embargo, y como es de esperar, las mayores consecuencias medioambientales de la guerra ocurren durante su desarrollo, aunque pueden variar. Hay guerras breves pero muy destructivas, así como muy largas, de menor intensidad e impacto ambiental.
Los conflictos de alta intensidad requieren y consumen grandes cantidades de materia prima, demandan altos volúmenes de combustible generadores de gases de efecto invernadero, destruyen considerables extensiones urbanas y silvestres, incluyendo ecosistemas frágiles y protegidos, y generan cantidades extraordinarias de residuos y escombros que contaminan los suelos, el aire y el agua.
Producto de las movilizaciones militares y del uso de artefactos explosivos, se pueden destruir los sistemas de recolección, tratamiento y disposición de agua, así como también, interrumpir el suministro de energía permanente y seguro, proliferando generadores altamente contaminantes.
Asímismo, el uso de sustancias tóxicas contribuye al deterioro ambiental, como sucedió con el uso del herbicida “Agente Naranja” sobre bosques y manglares cuyos efectos aún se sienten en Vietnam, o como ocurrió con los bombardeos de plantas químicas en diversas guerras del mundo.
Adicionalmente, las movilizaciones de personas producto de las guerras, producen acumulación de residuos, deforestación, erosión del suelo, cacería sin control, y muchos otros impactos ambientales, llegando inclusive a desplazar especies autóctonas como el antílope ruano y el eland, especies consideradas extintas debido al conflicto de Ruanda.
A lo anterior se unen las especies invasoras, aquellas que colonizan nuevos espacios al colarse en embarcaciones y unidades militares, como sucedió con algunos roedores que mermaron las poblaciones de pinzón y raszón de Laysan, entre otros efectos sobre el medio natural.
Ninguna guerra puede justificarse para lograr la paz. La paz es el camino, como dijo una vez Gandhi.
Sea cual sea la guerra que se analice, en un conflicto bélico, nadie gana y todos perdemos.
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(*) Biólogo, Maestro en Gerencia Ambiental y Doctor en Ingeniería. Académico del Tecnológico de Monterrey y la Red de Universidades Anáhuac de México, y la Universidad de Lodz en Polonia. Fundador y Director General de Vitalis.
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Por Alberto Blanco-Uribe Quintero (*)
La Declaración de Estocolmo de 1972 reconoció el derecho al ambiente. Subsiguientes actividades de Naciones Unidas, hasta los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Agenda 2030), han dejado claro el deber intergeneracional de gestión racional y protección de éste derecho, en beneficio de la vida.
El avance de los derechos humanos sobre el derecho al libre desenvolvimiento de la personalidad o auto determinación que la persona puede concebir en sí y de sí misma, en todos sus ámbitos, sin injerencias que perturben su dignidad, ha propiciado nuevos derechos. Entre ellos destacan el tiempo libre y el ocio, especialmente en interdependencia con otros como la protección de la vida privada, la salud, la calidad de vida, la creación cultural y la libertad asociativa.
Pero cuando se oye hablar de ocio la gente responde con una mueca de desaprobación, por entenderlo como inutilidad y pérdida de tiempo, lo cual es un prejuicio, pues tiene un carácter provechoso (Declaración Universal de los Derechos Humanos, UNESCO, Asociación Mundial del Ocio y la Recreación – WLRA). El ocio es una actividad positiva y enriquecedora, ligada al bienestar emocional.
Tal prejuicio se originó en la era industrial, Siglo XIX. La consigna del momento era producir al máximo, siendo lo único loable trabajar (“Ser alguien productivo”). El tiempo libre era visto como algo negativo. Salvo que ello se justificara en la necesidad de descansar, recuperarse para ser “productivo”. Incluso se acuñó aquello de que “el ocio es el padre de todos los vicios”.
Afortunadamente los diccionarios, además de acepciones prejuiciadas, nos muestran que el ocio es una actividad autotélica: divertirse mediando un hacer, a través del cual se desarrolla el ingenio y la creatividad, contando con tiempo para ello, gracias al hecho de estar libres de las ocupaciones habituales, y con resultado provechoso. Fuera de trabajar y descansar, se tiene la necesidad de alcanzar otros cometidos útiles para sí y para la sociedad.
Es solo en el ocio donde permitimos que emerjan facetas humanas que no están sujetas al imperativo de la producción y que hacen, con diversión, brotar el ingenio y la creatividad. “El ocio es el padre de todas las virtudes”. Un gran ocioso fue Leonardo Da Vinci. La sociedad debe fomentar el ocio.
Dentro del tiempo libre hay ocupaciones autoimpuestas, como el voluntariado tipo membresía en ONGs ambientalistas, que de suyo es participación solidaria en pro del ambiente (limpieza de playas, reforestación, sensibilización, formación); y las de ocio: diversión, ingenio, creatividad, utilidad, que no son trabajo, no implican remuneración ni obligación (huertos caseros, compost, reciclaje y reutilización, reparación, investigación y redacción de artículos como éste, preparación y dictado de cursos, escritura de textos, realización de videos…). El ocio podría desembocar en una obra literaria, pictórica, fórmula química, una mejor tecnología, un emprendimiento, un juego ecológico, etc.
Seamos voluntarios ambientalistas y también ociosos del ambiente: divirtámonos y retemos nuestro ingenio creativo.
¿Te gustó este artículo? Te invitamos a revisar este otro, relacionado con el tema, sobre “Tradiciones Populares y Educación Ambiental: Los Juegos“. Si deseas aprender herramientas didácticas creativas para aprovechar el tiempo libre visita nuestra oferta de cursos en línea aquí
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(*) Abogado, profesor universitario, asesor, consultor y litigante en materia de Derecho Constitucional, Derechos Humanos, Derecho Ambiental, Derecho Administrativo y Derecho Tributario. Colaborador de Vitalis. https://www.linkedin.com/in/alberto-blanco-uribe-b004329/
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*Cecilia Gómez Miliani, Dra. @cecigomezmi
En el año 2010 History Channel emitió un documental denominado La Tierra sin Humanos en el que, gracias al trabajo de la tecnología y a la asesoría de ingenieros, botánicos, ecologistas, biólogos, geólogos, climatólogos y arqueólogos, se narra lo que sucedería si la raza humana desapareciera de la faz de la Tierra.
Durante estos últimos meses, cuando la pandemia por el Covid-19 nos ha llevado a limitar nuestra movilización y permanecer dentro de nuestros hogares, los medios de comunicación y las redes sociales han reportado como los jabalíes pasean por las calles de España o de Italia, los delfines se acercan a los puertos de Cerdeña, los peces se apropian de los canales de Venecia y los ciervos llegan a los parques públicos de Japón. En este punto vale la pena preguntarnos: ¿Realmente le estamos dando un respiro a la naturaleza? ¿Podremos ver lo que en parte nos mostró el documental de 2010?
Según la Organización Mundial de la Salud, los primeros casos de coronavirus (Covid-19) fueron reportados en diciembre de 2019, y no es sino hasta marzo de 2020 cuando este mismo organismo caracteriza al brote de este nuevo virus como una pandemia, término que significa que ésta es una enfermedad epidémica que se extiende simultáneamente por varias partes del mundo. A medida que el virus fue ganando terreno, los países fueron decretando cuarentenas para su población, unas más estrictas que otras.
Desde que se reportaron los primeros casos hasta hoy, apenas han transcurrido 4 meses. Veamos algunos ejemplos que nos permiten revisar si este tiempo es suficiente para que el ambiente se recupere en forma natural:
Sumado a esto es importante señalar que aunque estamos “cautivos” en nuestros hogares, seguimos generando residuos sólidos, seguimos utilizando la electricidad que en muchos países proviene de plantas termoeléctricas, seguimos usando el agua y, por lo tanto, contaminándola… así que el descanso que le estamos dando a la Tierra es muy relativo.
La presencia de fauna silvestre en zonas urbanas tal vez puede deberse a que son especies cuyos espacios naturales hemos invadido y que, al no conseguir su sustento, lo buscan en nuestras calles y plazas, ahora desiertas. También cabe pensar que, tal vez, en nuestro cautiverio nos hemos vuelto más observadores, más atentos, y tenemos el tiempo para contemplar y escuchar las aves que siempre surcaron nuestro cielo pero que con nuestra vida agitada no habíamos percibido.
Ojalá que este tiempo sirva para entender la
dimensión exacta y comprender la gran responsabilidad de nuestra presencia en
este punto del Universo; que finalmente comprendamos que solo somos una pequeña
parte de este gran ecosistema que se llama Tierra.
*Ingeniero de los Recursos Naturales Renovables, con Maestría en
Gerencia Ambiental y Doctorado en Economía y Administración de Empresas.
Docente Jubilada de la Universidad Ezequiel Zamora-Venezuela. Directora del
Campus Virtual de Vitalis – cgomez@vitalis.net
** Dra. Estela Cuna (@CunaEstela)
Se
entiende por tradición aquellos saberes
y costumbres, que se preservan en una región y que son transmitidos de
generación en generación de manera oral, se plasman en leyendas, cuentos,
historias, canciones y juegos. Una
tradición también es una expresión de como los habitantes de cierta región o
pueblo ven, conocen, sienten, se apropian y representan su entorno natural y
social.
De manera que podemos conocer a nuestros pueblos a través de sus tradiciones y estas a través de sus cuentos, juegos, juguetes, danzas, músicas, indumentaria y comidas. Las tradiciones no son inmutables, van cambiando, van transformándose a través del tiempo.
La UNESCO resalta la importancia de las tradiciones al crear la “Universidad de los Oficios” (Quito-Ecuador, 2004), como una manera de valorar y recatar la inmensa diversidad cultural.
Para la educación Ambiental es muy importante la tradición ya que es una representación de la compleja relación: saberes- ambiente-cultura-sociedad
El Juego y La Educación Ambiental
El juego es una disposición innata en el hombre, una actividad física y mental libre, que tiene su fin en sí mismo, caracterizado por lo espontáneo, lo placentero y que implica la participación de quien juega.
Esto hace que, se constituya en una necesidad vital que contribuye al equilibrio humano, especialmente durante los primeros años de vida. Es un medio de transmitir cultura, valores y tradición.
El juego es de vital importancia en la construcción de saberes y en el caso de los niños la construcción del desenvolvimiento que el niño adquiere para enfrentar las diferentes situaciones de la vida. Mediante los juegos, los niños y adultos consiguen entrar en contacto con el mundo y tener una serie de experiencias de forma placentera y agradable.
Los juegos tradicionales, permiten desarrollar actitudes de solidaridad e intercambio, así como vivenciar las costumbres de los pueblos. Entre los juegos tradicionales encontramos:
-Los juegos de ronda, donde se incorpora la música, la expresión corporal, la versificación y la memoria. Las reglas son establecidas en la canción que lo acompaña y, por acuerdo de los participantes, se decide cuándo se comienza y cuándo se termina de jugar.
-Los juegos de mesa permiten desarrollar destreza en la negociación y estrategias para jugarlos. Cada uno tiene su particularidad, como el ajedrez, ludo, damas, damas chinas, stop, memoria de animales, flores, plantas, entre otros.
En estos momentos es de vital importancia quedarse en casa y puedes sacarle partido, puedes aprovechar para jugar en familia. Los juegos les permitirán compartir de manera amena, además de reconocer o reaprender los valores y las costumbres que han permeado en tú familia y localidad, como por ejemplo el respeto al medio ambiente local.
SODUKO DE JUGUETES TRADICIONALES


*Dra. Educación Ambiental. Asociado de ONG Vitalis. Coordinadora General de la ACE Pequeños Científicos desde 2001/19. Directora General de Museo de Ciencias Naturales de Caracas.2014/15 Profa. Escuela de Educación de la UCV, 2004/14.

** Dra. en Ciencias Biológicas. Bióloga, con Maestrías en Ciencias del Mar y Limnología y en Educación Ambiental. Asociada de ONG Vitalis.

Es importante incorporar a los espacios culturales los temas de Ambiente y Educación Ambiental (EA), dado que la problemática ambiental en el mundo convoca a todos los componentes sociales a fijar posición para establecer una mejor relación con el ambiente, y que mejor estrategia que unir a estos espacios en esta loable labor.
La UNESCO (2002), señala que la educación juega un importante papel para moldear actitudes, valores y conducta, a la par que desarrolla capacidades, habilidades y el compromiso necesario para construir un futuro sostenible.
En este sentido, se puede decir que la EA debe servir para la correcta orientación de los valores y las conductas humanas sobre el ambiente. Puede potenciar un verdadero cambio en los individuos y en las comunidades. Adaptada a la realidad económica, social, cultural y ecológica de cada país.
La EA debe promover la formación de una cultura de respeto a la naturaleza y sus recursos, así como el reconocimiento de que el ser humano forma parte de ella, propiciando el desarrollo de individuos informados, críticos y participativos que asuman su responsabilidad con el ambiente y desarrollen relaciones armónicas con éste.
En el Tratado de EA para sociedades sustentable y responsabilidad global se plantea que debe tener como base el pensamiento crítico e innovador, en cualquier tiempo o lugar, en sus diversas formas: formal, no formal e informal, promoviendo la transformación y la construcción de la sociedad.
Además, debe ser individual y colectiva, con el propósito de formar ciudadanos con conciencia local y planetaria que respeten la autodeterminación de los pueblos y la soberanía de la nación. Así como incorporar una perspectiva holística enfocando la relación entre el ser humano, la naturaleza y el universo de forma interdisciplinaria.
Estimular la solidaridad, la igualdad y el respecto a los derechos humanos, valiéndose de estrategias democráticas e interacción entre las culturas, para integral conocimientos, aptitudes, valores actitudes y acciones y convertir cada oportunidad en experiencias educativas de la sociedad sustentable. Racionalizar la demanda de recursos comunes se debe convertir en uno de los principales objetivos para las políticas públicas, a fin de disminuir la sobreexplotación de los ecosistemas y la pérdida de calidad ambiental.
A través de la EA no Formal, se puede lograr la transmisión (planificada o no) de conocimientos, aptitudes y valores ambientales, fuera del Sistema Educativo institucional, que conlleve la adopción de actitudes positivas hacia el medio natural y social, que se traduzcan en acciones de cuidado y respeto por la diversidad biológica y cultural, y que fomenten la solidaridad intra e intergeneracional. Es decir, pasar de personas no sensibilizadas a personas informadas, sensibilizadas y dispuestas a participar en la resolución de los problemas ambientales.
Existe la necesidad de llegar a diferentes públicos a través de los espacios culturales para fomentar a través de pedagogías experimentales y el reconocimiento de la EA como producción de saber crítica, aprovechando las nuevas tecnologías, redes sociales, éticas hacker y de código abierto, urbanismo informal, entre otras para potenciar pedagogía crítica y la rama más comunitaria de la educación.
Generar espacios de procesos, o laboratorios ciudadanos, o de
mediación, donde se difuminan las labores educativas, comunicativas y
comunitarias.
En resumen, debe ayudar a desarrollar una conciencia
ética sobre todas las formas de vida con las que compartimos en este planeta,
respetar sus ciclos vitales e imponer límites para la explotación de estas
formas de vida por parte de los seres humanos e impulsar un cambio de
mentalidad en relación con la calidad de vida.
*Dra. Educación Ambiental. Asociado de ONG Vitalis. Coordinadora General de la ACE Pequeños Científicos desde 2001/19. Directora General de Museo de Ciencias Naturales de Caracas.2014/15 Profa. Escuela de Educación de la UCV, 2004/14.
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Los recursos comunes o recursos de propiedad común, son definidos como un conjunto de bienes o servicios, de carácter natural o antropógeno, que no son sujeto de propiedad privada, pero sí de sustracción o afectación particular, lo que puede causar externalidades que disminuyen la disponibilidad del bien o generan una alteración en la función del sistema ecológico o social.
De esta manera, los recursos comunes son limitados, siendo susceptibles al agotamiento y la decadencia por la intervención humana- sin control.
Una exploración critica disruptiva sobre los recursos comunes, es la planteada por el ecólogo estadounidense James Garrett Hardin en su ensayo La Tragedia de los Comunes publicado el 13 de diciembre de 1969, donde se ilustra como el crecimiento desmesurado de la población mundial es impulsado por el egoísmo individual y la competencia por el acaparamiento de recursos, sin importar los impactos negativos colectivos en lo social, económico y ambiental.
En efecto, los recursos comunes y en especial los ambientales tienden a ser subvalorados en cuanto a su importancia y sobrestimados en cuanto a su capacidad de regeneración o asimilación de los distintos contaminantes que liberamos al ambiente, por lo que existe la percepción de que son infinitos, inagotables y que pueden ser aprovechados sin efectos colaterales.
Los recursos comunes son la base económica de la sociedad desde sus inicios, pero con la industrialización, el fomento de modelos extractivistas y el incremento de la demanda de recursos como consecuencia del crecimiento demográfico, la presión sobre estos recursos va en aumento amenazando la sostenibilidad de la misma economía y bienestar social.
En este esquema depredador del ambiente, los factores políticos y de poder económico ejercen gran influencia en el mantenimiento de un status quo, donde paradójicamente las facciones más conservadoras desean imponer y mantener un modelo liberal de depredación de los recursos comunes.
Racionalizar la demanda de recursos comunes se debe convertir en uno de los principales objetivos para las políticas públicas, a fin de disminuir la sobreexplotación de los ecosistemas y la pérdida de calidad ambiental.
Es necesario generar moderación mediante la coerción, debido a que iniciativas basadas solo en la propaganda y apelar a la conciencia colectiva no genera resultados substanciales y eficaces, en su lugar medidas coercitivas fundamentadas en mecanismos fiscales como impuestos o en incentivos a la sostenibilidad -como los pagos por servicios ambientales-, pueden brindar mejores resultados en un plazo más corto. De esta manera, mediante la implantación de políticas públicas orientadas al reconocimiento del valor de los bienes y servicios ambientales se lograría una mayor racionalidad en el uso y aprovechamiento de los mismos.
Los recursos comunes no solo son un patrimonio y objeto de derecho de todas las personas del planeta, sino que son un patrimonio de la misma naturaleza.
*Profesional Asociado de Vitalis.
CEO del Grupo Ambing,
C.A.
Por Heidy Ramírez S.
La
declaración del Ávila, documento resultado de dos días de disertaciones en
materia de cambio climático, agricultura y seguridad alimentaria expone que
Venezuela como país petrolero enfrenta desafíos complejos que demandan la toma
de decisiones precisas y asertivas apoyadas en un robusto apoyo
técnico-científico para el diseño de estrategias y acciones enfocadas a la
mitigación y adaptación.
Es
una tarea a la cual los investigadores y científicos se comprometen a seguir
respaldando incluso con la creación de un Observatorio Nacional del Cambio
Climático, que además sería clave para la tan esperada ley que está en proceso
de redacción en manos del Poder Legislativo.
Estas ideas fueron producto del III Simposio de Cambio Climático, Agricultura y Seguridad Alimentaria llevado a cabo en Caracas los días 8 y 9 de octubre bajo la dirección de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (Acfiman) y con el apoyo de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat (Anihven), la Universidad Central de Venezuela (UCV), la Universidad Simón Bolívar (USB) y la Universidad Metropolitana (Unimet).
Las
conferencias magistrales y ponencias de este encuentro dejaron ver que si bien
el país atraviesa una de las crisis económico-política más compleja de su
historia cuenta con un potencial humano invaluable que pese a las carencias se
mantiene en estudio constante ofreciendo datos y en disposición a contribuir al
desarrollo. Los estudios de este simposio son insumo de primera mano para el
diseño de políticas públicas que disminuirían en buena medida los efectos que
innegablemente tiene y tendrá el cambio climático en la vida del venezolano,
sin distinción de ningún tipo.
En la
instalación del evento, Benjamín Sharifker, rector de la Unimet, expuso que el cambio climático sin duda debe
mucho a la actividad humana y al consumo de combustibles fósiles, por lo cual
ya muchos países se habían volcado al uso de energías alternativas, realidad
que presiona la reconversión de la economía petrolera. En este sentido
Venezuela tiene la gran responsabilidad de reenfocar la explotación de sus
recursos. También el científico Ismardo Bonalde primer vicepresidente de la
Acfiman al hacer recuento de los simposios anteriores y otras actividades
relacionadas con cambio climático organizadas por la institución, hizo un
llamado al actual gobierno y a los que le sigan a invertir en la investigación
científica como base de la promoción del desarrollo del país.
La seguridad alimentaria, un problema de poder y de pobreza
Una de
las conferencias de apertura correspondió al académico (Acfiman) Carlos Machado
Allison, quien expuso que un elemento clave para hablar de cambio climático en Venezuela es el derecho a
la propiedad. “Si no se es dueño del suelo que se cultiva el agricultor piensa
en el provecho de un día y no en el futuro. Donde hay firmes derechos de
propiedad existe seguridad alimentaria, riqueza y procura de soluciones
ambientales”.
El
tema según Machado no es atendido por el Gobierno y en la opinión pública el
cambio climático no va más allá del uso de las bolsas plásticas y el deshielo
en los polos, pero en el resto del mundo ya se están dando importantes pasos
apoyados por tecnología de vanguardia que no se conocen ni se tienen no solo en
Venezuela sino en buena parte de Latinoamérica. En lo que respecta a seguridad
alimentaria, se trata de procurar producir, procesar y distribuir suficientes
alimentos para una población pero que también ésta tenga la posibilidad de
adquirirlos, lo que demanda una economía sana con acceso a los bienes y
servicios. A su criterio en agricultura se requerirá cambiar algunos cultivos
por otros porque variarán las condiciones climáticas, igual la ganadería tendrá
que adaptarse a nuevos ciclos de agua.
El reto de alimentar al mundo y la pérdida de alimentos
En
materia de seguridad alimentaria algunas de las ponencias se enfocaron al
aumento de la capacidad de producción de las plantas y a la optimización de uso
de recursos. Pero también se habló de la pérdida de alimentos calculada en 1300
millones de toneladas anuales por problemas de capacitación, educación y
gerencia lo que a la vez conlleva a gasto innecesario agua, energía y
agroquímicos para obtenerlos.
En
opinión de los expertos la producción actual de alimentos es suficiente para la
humanidad pero las pérdidas son desmedidas. De allí que sean desafíos aspectos
como calidad de las cosechas, calidad de transporte procesamiento y empaque,
infraestructura vial, inteligencia de mercados, administración de inventarios,
conocimiento de las cadenas agroalimentarias y del consumidor final. El complejo
sistema agroalimentario requiere un importante gasto de agua, ocupa alrededor
de 5 mil millones de hectáreas, es responsable del 13,5% de las emisiones de
CO2, utiliza más de 200 millones de toneladas de fertilizantes y consume entre
el 15 y 25% de la energía fósil disponible. De cara al futuro (2050) se espera
un incremento del 34% de la población mundial, concentrada mayormente en las
grandes ciudades y se pronostica que se requerirá cerca de un 70% más de
alimentos. Por todo lo anterior, es crucial promover en los países no solo el
desarrollo de habilidades para producir y consumir mejor ante la esperada
evolución humana sino también para hacer frente a las alteraciones que vendrán
por los cambios ambientales.
La ciencia puede tener gran parte de las respuestas
Así
como en otras etapas de la historia del mundo, la actual más que presentar un
escenario catastrófico, invita a un reordenamiento. Eduardo Buroz, profesor,
investigador y miembro también de las Academias propone pensar más en un
escenario de alerta y de acciones más que uno fatal ante el cambio climático.
“Debemos prestar atención al manejo de los acuíferos y suelos, buscar
variedades más resistentes en agricultura y ganadería, mantener las líneas de
investigación de las universidades adaptadas a nuestra realidad y empezar a
imaginar los sistemas de producción que necesitaremos dentro de veinte años.
Todo ello participando en los planes globales de adaptación frente al cambio
climático teniendo claro que es un problema mundial”. Al respecto, Nelson
Hernández de la Anihven en su
conferencia sobre el uso de la energía en la cadena alimentaria, propuso
buscar modelos alternativos que sean capaces de producir alimentos para todos,
desde la eficiencia energética, biológica y económica. “Un modelo
multifuncional, creativo y atractivo que permita la participación individual y
colectiva en la construcción eficiente del insumo de nutrientes que se necesita
para la continuidad de la vida”. Lógicamente esto comprende un sinfín de
opciones, como las planteadas en las ponencias de este simposio, que abarcan
retomar conocimientos ancestrales en materia de producción, promover especies
autóctonas, educar a la población en la conservación ambiental y nuevos modos
de obtención de alimentos, reacondicionar los suelos para la producción, buscar
energías alternativas, lograr enfoques multidisciplinarios en las
investigaciones y hacer sinergia con expertos y tecnologías de otras latitudes.
El
punto final lo pondrá la capacidad de llegar a un consenso. Tal como comentó en
su conferencia el profesor Rafael Rodríguez, investigador de la Universidad
Centrooccidental Lisandro Alvarado (UCLA), el gran desafío estará en la
articulación de los expertos y enfoques de investigación en materia de cambio
climático con los tomadores de decisiones. En un contexto donde existen
conflictos entre los intereses a corto y largo plazo y los problemas se
interpretan de forma diferente según las inclinaciones de cada grupo toca mucho
trabajo por hacer para llegar al ideal que es tener a todo un país enfocado al
logro de un objetivo común frente a una amenaza global ya innegable.
Para más información sobre la Acfiman (@acfimanve) puede consultarse su
página web: https://acfiman.org y para conocer el
programa de ponencias que se desarrolló en el simposio así como los
investigadores relacionados se puede consultar el enlace: https://acfiman.org/2019/09/04/simposio-cambio-climatico/
Por Rosángela Blanco Rodríguez (*). @RosangelaBlanco
Desde la perspectiva de la población mundial en general, puede ser que los aspectos medioambientales no tengan relación alguna con lo financiero, que estén completamente asilados de la economía o que incluso lo vean como algo en lo que se “gasta” mucho dinero.
Quizás a la mayoría de las personas les molestará esforzarse en cambiar su estilo de vida, sus paradigmas, para generar nuevos hábitos que los lleven a una armonía con el ambiente. Tal vez, considerarán que es costosa cualquier modificación en la rutina diaria para favorecer nuestro entorno.
Sin embargo, basándonos en la definición del Desarrollo Sustentable, es algo a lo que todos queremos llegar, entendiendo que el ambiente, la economía y lo social deben estar íntimamente relacionados, en equilibro para que las sociedades progresen como debe ser. En función de eso, muchos organismos y estados en todo el planeta están trabajando para acercarse al tan anhelado desarrollo.
En este sentido, Colombia ha dado un paso importante a través del acuerdo que define la Agenda de Cooperación entre el Gobierno Nacional y el Sector Financiero Colombiano. Dicho convenio está cimentado principalmente en la protección del medio ambiente como un esfuerzo conjunto entre los organismos públicos y privados, lo cual se estipula en la Declaración de Río de Janeiro, de 1992; la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas, del 2000, y la Cumbre de la Tierra de Johannesburgo, de 2002.
A través de este Protocolo Verde, como ha sido denominado, se acuerdan una serie de estrategias que buscan el desarrollo sustentable a través de la responsabilidad ambiental, sin comprometer los intereses de las futuras generaciones.
Estos acuerdos incluyen la facilidad de crédito y/o inversión para promover el uso sostenible de los recursos naturales renovables y la protección del medio ambiente, además de impulsar en sus procesos internos el consumo sostenible. Como tercera estrategia, procura considerar en los análisis de crédito e inversión, y los impactos y costos ambientales y sociales de los proyectos a financiar.
Esta alianza seguramente permitirá, entre otras cosas, apoyar el compromiso al que ha llegado Colombia a nivel internacional, de reducir en 20% las emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2030, así como muchas otras metas del país en materia ambiental.
Con estas acciones se demuestra que sí es posible tomar en cuenta los elementos fundamentales para el desarrollo de una nación y del mundo entero, desde la silla de un político o desde la oficina de un banquero. Igualmente, demuestra que si se puede trabajar en equipo con todos los integrantes de las distintas sociedades para lograr la calidad de vida que cada ciudadano se merece.
Ahora falta que todos podamos estar enterados e involucrados en estas acciones para que realmente sean efectivas y permitan generar y vivir el cambio.
(*) Educadora y Especialista en Gestión Ambiental. Presidenta de VITALIS Colombia.
Imagen cortesía de Rosángela Blanco, Municipio Fosca – Departamento de Cundinamarca, Colombia.
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Por Belem Alvarado Carreño (*)
El desarrollo forestal sustentable comprende la conservación y uso de los recursos naturales boscosos, garantizando la producción de sus bienes y servicios ambientales en la actualidad, sin comprometer su aprovechamiento por parte de las futuras generaciones.
Los bosques constituyen el 31% de la superficie terrestre y desempeñan un papel muy importante en la mitigación del cambio climático. Además, ayudan a mantener el equilibrio ecológico y la biodiversidad, influyen en las variaciones del clima, limitan la erosión en las cuencas hidrográficas y abastecen a las comunidades rurales de madera, alimentos, combustible, forrajes, fibras o fertilizantes entre otras cosas.
Sin embargo, en las últimas dos décadas ha habido una disminución importante de bosques que ha llevado el tema del desarrollo forestal sustentable a foros internacionales, donde se han establecido acciones para favorecer su conservación, tales como programas forestales donde se hace partícipes a todos los interesados de la conservación y el uso sostenible de los recursos biológicos.
Países como Suecia y algunos otros de Europa Septentrional, ya cuentan con modelos de desarrollo forestal sustentable que les permite cumplir con los principales aspectos de la sustentabilidad al permitir un desarrollo económico del país en beneficio de la comunidad, manteniendo e incluso aumentando sus bosques.
México es uno de los países megadiversos del mundo y posee una de las principales extensiones de bosques y selvas, y aunque cuenta con una Ley General para el Desarrollo Forestal Sustentable, este documento tiende hacia la disminución de la pobreza más que a la conservación de los ecosistemas.
Aunque se han realizado múltiples esfuerzos en materia de inventarios Nacionales Forestales, los que se han realizado hasta ahora no resultan comparables al utilizar metodologías distintas, esto lo cual plantea un reto de realizar los siguientes Inventarios Nacionales Forestales usando una metodología que permita comparaciones, que permitan establecer acciones claras con metas definidas que garanticen el desarrollo forestal sustentable y la conservación de nuestros bosques.
Existen otros problemas que debemos solventar, como el caso de empresas que aprovechan los recursos naturales de manera indiscriminada, incluyendo no solo a los bosques sino también el agua, sin tomar en cuenta las necesidades de los habitantes de las comunidades, llevándolos a un deterioro importante de su calidad de vida, difícil de revertir.
Aunque el camino es arduo, con las políticas adecuadas y la concientización de la población, estamos a tiempo de tomar acciones contundentes que garanticen la conservación de los bosques a perpetuidad a través del desarrollo forestal sustentable.
(*)Químico Farmacéutico Biólogo, Especialista en Higiene Industrial, estudiante de la Maestría en Tecnologías del Desarrollo Sustentable.
belemalvaradoc@hotmail.com
Imagen del bosque cortesía de pexels.com
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