(*) Por Cecilia Gómez Miliani
Cada vez más empresas presumen ser verdes, pero no todas lo son. En un mercado que valora la sostenibilidad, el greenwashing amenaza la confianza y la verdadera transformación ambiental.
En la actualidad, la demanda por productos y servicios ambientalmente responsables crece de manera sostenida. Las empresas conscientes han integrado prácticas sostenibles en sus operaciones, como un compromiso real con el planeta y las nuevas generaciones. Sin embargo, en este contexto positivo, también surge una estrategia que, lejos de aportar, genera desconfianza: el greenwashing.
¿Qué es el greenwashing?
El greenwashing consiste en la comunicación engañosa que una empresa realiza para aparentar ser más ecológica o sustentable de lo que realmente es. Esta práctica va desde mensajes exagerados, omisiones importantes, hasta el uso de simbologías y etiquetas ambientales sin respaldo real. Si bien el objetivo es atraer al consumidor preocupado por la conservación del ambiente, estas acciones terminan perjudicando la credibilidad de la marca y confunden a los usuarios.
¿Por qué el greenwashing daña la confianza?
Las razones para considerar esta premisa es, en primer lugar, porque la transparencia y la sinceridad son valores que los consumidores actuales exigen cada vez más. Cuando una empresa comunica falsamente sus acciones ambientales, pierde la confianza que logró construir, y puede dañar su reputación a largo plazo. Segundo, porque el greenwashing desincentiva la verdadera transformación hacia modelos sostenibles. Se trata de un maquillaje superficial que no soluciona los problemas ambientales reales. Esto afecta a toda la cadena productiva y, en última instancia, al planeta.
Cómo construir un marketing sostenible
Para avanzar hacia un marketing ambientalmente responsable, es fundamental que las empresas adopten un compromiso genuino con la sustentabilidad. Esto implica medir y comunicar con honestidad sus impactos, establecer metas claras de mejora ambiental, involucrar a sus colaboradores y clientes en prácticas sostenibles y rendir cuentas públicamente. La innovación y la educación son aliadas poderosas para lograr procesos productivos más limpios y eficientes, basados en datos científicos y estándares reconocidos.
Nuestro papel como consumidores
Como consumidores y ciudadanos, tenemos el poder de elegir empresas que sean coherentes con sus promesas ambientales. La exigencia de verificación, la consulta de fuentes confiables y la participación activa en foros o redes de sostenibilidad fortalecen el mercado responsable. Al mismo tiempo, quienes lideran organizaciones tienen la responsabilidad ética y estratégica de ir más allá de las palabras, transformando sus negocios con creatividad y rigor ambiental.
Reflexionemos entonces sobre qué tipo de futuro queremos construir: uno basado en la transparencia y la acción concreta, o uno lleno de apariencias que sólo retrasan el cambio necesario. Apostar por el compromiso real con el planeta es, sin duda, la mejor inversión para todas las partes involucradas.
En Vitalis promovemos la transparencia ambiental y la educación para el consumo responsable, pilares esenciales para erradicar el greenwashing y fortalecer la confianza ciudadana.
Vamos a informarnos, a cuestionar y apoyar iniciativas auténticas que promuevan un desarrollo sostenible. Solo desde acciones honestas y colaborativas conseguiremos un mundo saludable y justo para las generaciones presentes y futuras. El greenwashing se combate con información, coherencia y acción. Apostar por la transparencia y el compromiso real con el planeta es la mejor inversión para construir un futuro sostenible.
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(*) Ingeniero de los Recursos Naturales Renovables, Magister en Gerencia Ambiental y Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales. Directora de Vitalis Academy. https://bit.ly/CeciliaGómezLinkedin
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(*) Por Elaine Alvarado
Aunque desde pequeños aprendimos a valorar la naturaleza, pocas veces se nos enseñó como hacerlo de forma práctica. Esta brecha entre conocimiento y acción sigue siendo uno de los grandes desafíos ambientales de nuestras ciudades.
Desde la década de los años 90 se ha venido hablando en el mundo entero sobre el calentamiento global. En 1992 se firmó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y en 1997 se suscribió el Protocolo de Kioto, que entró en vigencia en el 2005 y que fue sustituido en 2015 por el Acuerdo de París, que estableció que las ciudades son clave en la lucha por el cambio climático.
En el 2015 la ONU aprobó la Agenda 2030 que incluye 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y que agrupa 169 metas para la sostenibilidad, la erradicación de la pobreza y la protección del planeta.
El ODS 11 señala la necesidad de lograr ciudades sostenibles o resilentes, conocidas también como ciudades verdes, que buscan integrar la naturaleza en el diseño urbano, estas deben ser inclusivas, seguras y resistentes.
Venezuela debe acatar este llamado y lograr que el desarrollo urbano sea respetuoso con el ambiente, que brinde calidad de vida a la población y permita enfrentar tanto la crisis climática como la económica.
Una ciudad sostenible es una infraestructura integral donde se optimizan los recursos, se disminuyen las emisiones de gases contaminantes, se promueve el uso del transporte sostenible como el uso de bicicletas y se refuerza la economía local, a través de la generación de empleos y servicios ambientales.
En Venezuela ya existen iniciativas para lograr ciudades verdes. En el estado Táchira, se impulsó la creación de una escuela de reciclaje; en Carabobo se desarrolla el programa Carabobo Sostenible de la Gobernación, que centra sus esfuerzos en la educación ambiental y el reciclaje. También se desarrolla turismo sustentable en la posada Casa María en Canoabo.
Consideramos que en Venezuela, para lograr cumplir el ODS11, falta mucho por hacer. Es crucial la unión de la gobernanza participativa con la planificación; valorando la riqueza natural y la biodiversidad y creando infraestructuras que incorporen la naturaleza en la vida diaria.
Adicionalmente, se requiere optimizar la gestión de los servicios públicos y que las políticas ambientales ofrezcan protección a los sectores más vulnerables.
El desarrollo de ciudades sostenibles generaría un impacto positivo en la calidad de vida de las comunidades y en la preservación de los recursos naturales. En esa dirección debemos avanzar con determinación y desde las comunidades proponer acciones que prioricen la sostenibilidad como el principal núcleo del crecimiento urbano.
Construir ciudades ecológicas y sostenible no es solo tarea de los gobiernos, sino un compromiso compartido entre ciudadanos, empresas y organizaciones. En Vitalis seguimos trabajando para que ese futuro sostenible se inicie hoy.
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(*) Comunicadora Social con Diplomado en Derechos Humanos para Periodistas y estudiante de Maestría en Ecología para el Desarrollo Humano. Actualmente forma parte de los profesionales involucrados en el Proyecto “Reviviendo las Costas – un modelo sostenible para La Guaira”. Contacto: ealvarado@vitalis.net
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(*) Por Marlenis Castellanos Querales
En el mundo actual la información se ha transformado a una velocidad vertiginosa. En este entorno, la labor del periodista exige una constante actualización de conocimientos y habilidades. Si a ello sumamos las crisis ambientales, sociales y climáticas, el rol del periodismo ambiental adquiere una dimensión especialmente crítica.
Informar con precisión, profundidad y ética sobre temas relacionados con el ambiente, el desarrollo sostenible, la transición energética o la justicia ecológica no es tarea sencilla. Requiere de una preparación constante que permita al periodista comprender la complejidad de estos fenómenos, traducirlos en narrativas accesibles y contribuir, desde la comunicación, a un cambio de conciencia social.
La formación contínua es esencial para los profesionales en todas las áreas del conocimiento, y muy especialmente para periodistas que trabajan en el tema ambiental. A diferencia de otros campos, el periodismo ambiental exige un conocimiento técnico y científico que no siempre forma parte del currículo tradicional en comunicación. Entender conceptos como biodiversidad, huella de carbono o economía circular es fundamental para evitar la superficialidad o el sensacionalismo, para dotar al mensaje de una base sólida que informe sin alarmar y sensibilice sin manipular.
El tema de la sostenibilidad está en permanente evolución. Cada año surgen nuevas tecnologías verdes, marcos regulatorios, acuerdos internacionales, movimientos sociales y descubrimientos científicos. Los periodistas enfrentan el doble reto de adaptarse al cambiante ecosistema mediático y seguir conociendo las novedades en el área ambiental. Las redes sociales, el periodismo de datos, internet y la inteligencia artificial han transformado radicalmente la manera de producir y consumir noticias. En este entorno, el periodismo ambiental debe interpretar datos complejos, entrevistar a fuentes técnicas con solvencia y construir narrativas que conecten lo local con lo global.
Desde la perspectiva personal, la formación continua fortalece el compromiso ético del periodista con la causa ambiental. No se trata solo de aprender nuevas herramientas, sino de reafirmar el propósito de contribuir desde el periodismo en la construcción de una ciudadanía más informada, crítica y activa frente a los desafíos del planeta. La educación permanente, además, estimula la creatividad y el desarrollo de formatos innovadores que permitan ampliar el alcance e impacto de los mensajes.
Los comunicadores que se especializan y actualizan en sostenibilidad ganan en relevancia y visibilidad. Es creciente la demanda de periodistas con enfoque ambiental en agencias internacionales, instituciones educativas, Ong´s y plataformas digitales. Saber comunicar con claridad temas técnicos y complejos es una habilidad cada vez más valorada, no solo para informar, sino también para incidir en políticas públicas, procesos de educación ambiental o estrategias de comunicación institucional.
La formación continua no es solo una necesidad técnica, sino un compromiso ético con la verdad, el rigor y el futuro del planeta. En tiempos de emergencia climática, desinformación y sobreinformación, el periodismo necesita profesionales capaces de mirar más allá de la inmediatez, formarse de manera constante y narrar el mundo desde una perspectiva “glocal”, crítica, humana y sostenible.
Informar bien, con rigurosidad y visión ética, también es una forma de cuidar la Tierra.
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(*) Licenciada en Comunicación Social, Especialista en Gestión y Ciencias de la Información, Doctora en Gerencia Avanzada. Colaboradora de Vitalis España. contacto: https://www.linkedin.com/in/marlenis-castellanos-querales-4a1684121/
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(*) Por Cecilia Gómez Miliani
Cada 5 de junio, el mundo celebra el Día Mundial del Ambiente, una fecha que nos invita a reflexionar sobre el estado de nuestro planeta y a tomar acciones concretas para su protección. Sin embargo, más allá de la conmemoración, esta efeméride debe ser vista como una oportunidad para fortalecer la participación activa de todos los actores sociales: ciudadanos, empresas y gobiernos. La crisis ambiental que enfrentamos requiere un compromiso colectivo, informado y sostenido, que trascienda las campañas de un día y se traduzca en acciones diarias.
La participación ciudadana es la piedra angular de cualquier proceso de cambio ambiental. En América Latina, la sensibilidad hacia lo ambiental ha ido creciendo en las últimas décadas, impulsada por movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales y comunidades locales. Se estima que el 65% de los latinoamericanos considera que la protección del ambiente debe ser una prioridad, pero solo el 40% participa activamente en acciones concretas, como reciclaje, conservación de espacios naturales o campañas de sensibilización. Esto revela una brecha entre la percepción y la acción, que puede cerrarse mediante la educación ambiental, la inclusión en las políticas públicas y el uso de tecnologías digitales que faciliten la participación.
Un ejemplo destacado es el movimiento de jóvenes en Chile, que ha logrado influir en decisiones políticas sobre la protección de glaciares y recursos hídricos. La movilización de la sociedad civil, combinada con plataformas digitales, ha permitido que temas ambientales lleguen a la agenda pública y presionen a los tomadores de decisiones. La participación ciudadana no solo fortalece la democracia ambiental, sino que también genera un sentido de pertenencia y responsabilidad que impulsa cambios en comportamientos cotidianos.
Por otro lado, las empresas tienen un papel fundamental en la transición hacia modelos productivos sostenibles. La economía circular, la innovación en energías renovables y la adopción de prácticas responsables son tendencias que están ganando terreno en América Latina. Según la CEPAL, las empresas que implementan políticas de sostenibilidad ven un aumento en su competitividad y en la fidelidad de sus clientes. Un buen ejemplo es Grupo Argos de Colombia, que ha implementado el uso de combustibles alternativos en sus procesos de producción y la inversión en energías renovables. Además, trabaja en proyectos de conservación y reforestación, promoviendo la responsabilidad social y ambiental en las comunidades donde opera.
El compromiso del sector privado puede potenciarse mediante alianzas con organizaciones sociales y gobiernos, creando sinergias que impulsen proyectos de conservación, educación ambiental y desarrollo sostenible. La innovación tecnológica, como las energías limpias, la agricultura sostenible y las soluciones basadas en la naturaleza, ofrecen oportunidades para transformar los desafíos ambientales en oportunidades económicas y sociales.
Finalmente, los gobiernos tienen la responsabilidad de establecer marcos regulatorios claros, fortalecer las instituciones ambientales y promover políticas públicas que integren la sostenibilidad en todos los niveles. En América Latina, algunos países han avanzado en este sentido. Costa Rica, por ejemplo, ha logrado que el 99% de su electricidad provenga de fuentes renovables, y ha resguardado cerca del 30% de su territorio mediante áreas protegidas y programas de pago por servicios ambientales. Sin embargo, aún enfrentamos desafíos como la deforestación en la Amazonía, que en 2022 alcanzó cifras alarmantes con una pérdida de aproximadamente 11.000 km², según el Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (INPE) de Brasil.
El Día Mundial del Ambiente debe ser un recordatorio de que la protección del planeta requiere acciones concretas y coordinadas. La participación ciudadana, empresarial y gubernamental no son acciones aisladas, sino componentes de un mismo entramado que puede generar cambios profundos.
En sintonía con este tema, te invitamos a revisar el artículo “Las alianzas: esencia y soporte para alcanzar las metas de la Agenda 2030”
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(*) Ingeniero de los Recursos Naturales Renovables, Magister en Gerencia Ambiental y Especialista en Diseño de Acciones formativas en Línea. Directora de Vitalis Academy. https://bit.ly/CeciliaGómezLinkedin
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(*) Por Gustavo Zúar
Cuando se habla de Semana Santa, se piensa en procesiones solemnes, pasos barrocos, incienso flotando entre los rezos y miles de fieles caminando en devoción.
Pero debajo de ese velo sacro, también se esconde otra realidad: una nube de residuos que no se ve, no se confiesa, pero sí se queda.
Mientras los focos suelen apuntar a los destinos turísticos saturados y los plásticos que deja el turismo masivo, hay una contaminación más silenciosa que también merece penitencia: los desechos generados por las propias celebraciones eucarísticas.
Y si bien nadie lleva la cuenta oficial de cuántos vasos de unicel, botellas de agua o envoltorios de velas se utilizan en nombre de la fe, el impacto existe. Y pesa.
México: la fe en envases desechables
En muchas ciudades y pueblos de México, la Semana Santa es un acto de comunión comunitaria. Desde las celebraciones del Jueves Santo hasta la representación del Viacrucis el Viernes, las parroquias ofrecen agua bendita embotellada, panecillos en bolsas plásticas y, en algunos casos, hasta folletos litúrgicos impresos por millares, para una sola lectura. El uso de veladoras desechables se dispara, y las calles amanecen cubiertas de cera y residuos. Aunque la religiosidad popular tiene un alma viva y generosa, su huella ecológica aún no entra al confesionario.
Venezuela: devoción con sabor a improvisación
En Venezuela, la Semana Santa es vivida con una intensidad emocional que mezcla lo religioso con lo familiar y lo improvisado. Las misas al aire libre, tan comunes por la falta de infraestructuras, generan un uso alto de altavoces, cables, bancos de plástico y hasta toldos que rara vez se reutilizan. Las parroquias, muchas veces sin recursos, optan por lo más económico, que también suele ser lo menos sostenible. La contaminación aquí no es por exceso, sino por precariedad.
España: solemnidad empaquetada
Las procesiones en España son un espectáculo de logística. Desde Sevilla hasta Zamora, miles de cofrades y asistentes transforman las calles en escenarios litúrgicos. A pesar de que muchas hermandades han modernizado sus sistemas, el uso masivo de cirios, papel picado, flores de corta vida y plásticos en servicios auxiliares sigue dejando su marca. A diferencia de México o Venezuela, donde lo informal predomina, en España la contaminación está más sistematizada, institucionalizada… y por tanto, menos visible.
¿Quién contamina más?
Si habláramos de emisiones emocionales, todos empatarían en fervor. Pero si nos centramos en los residuos físicos derivados exclusivamente de las celebraciones religiosas, España llevaría la delantera en volumen y escala, México en diversidad de materiales contaminantes, y Venezuela en dificultad para gestionar lo poco que genera.
Lo sagrado no debería ser desechable
Las misas no contaminan, pero sus hábitos sí. ¿Podríamos imaginar una Semana Santa sin vasos de unicel, sin veladoras de plástico, sin imprimir cada oración?
Sí. Pero para eso hace falta un pequeño milagro: voluntad colectiva.
Porque ser devoto no está reñido con ser consciente. Y quizás, el gesto más espiritual que se pueda hacer esta Semana Santa no esté en cargar una cruz… sino en no dejar huella.
Te invitamos a revisar el artículo “Una vida con menor impacto ambiental” donde podrás ver otra perspectiva de este tema.
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(*) Comunicador experto en desarrollo humano, vincula el bienestar personal con el impacto social. Colabora con iniciativas como Vitalis para fomentar una transformación consciente y sostenible.
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(*) Por Diego Díaz Martín
El transporte aéreo es un componente vital de la economía global. Gracias a él se facilita el comercio, el turismo y la conexión entre personas, países y culturas. La otra cara de este sector, es su significativo impacto negativo sobre el ambiente.
Este medio de transporte contribuye entre un 2 y 3% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2). Además del CO2, los aviones emiten otros contaminantes como óxidos de nitrógeno (NOx) y partículas de sulfato, que contribuyen al calentamiento global al formar estelas y nubes cirros artificiales. De no implantarse medidas adecuadas y efectivas, el incremento tendencial de la movilización aérea a nivel global se traducirá, para el 2050, en la duplicación o incluso triplicación de las emisiones que actualmente se generan.
La Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) ha desarrollado el esquema de Reducción y Compensación de Carbono para la Aviación Internacional (CORSIA), que busca abordar los problemas generados por las emisiones del sector a partir de 2021. CORSIA tiene como objetivo estabilizar las emisiones de CO2 de la aviación internacional a los niveles de 2020 mediante el desarrollo de un Plan que contempla fases hasta el 2035, que, entre otras acciones, considera estabilizar y compensar las emisiones generadas.
Por otra parte, los desafíos asociados a conseguir la neutralidad climática del sector de la aviación internacional, se soportan en estrategias alineadas con los objetivos del Acuerdo de París, entre las que resaltan:
¿Será posible la sostenibilidad y la transformación del sector? Ante esta interrogante, diversas iniciativas alrededor del mundo están demostrando que es posible avanzar con ese rumbo:
El transporte aéreo enfrenta desafíos críticos en su lucha contra el cambio climático, pero también tiene oportunidades significativas para innovar y liderar la transición hacia una economía baja en carbono, aunque el camino es complejo, es posible avanzar hacia un futuro más sostenible para la aviación.
Relacionado con este tema te invitamos a leer también el artículo “Globalización, movilidad y cambio climático: Acuerdo de París, la ruta“.
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(*) Fundador y Director General de Vitalis. Académico universitario de la Red de Universidades de Anahúac en México. Contacto: www.linkedin.com/in/ddiazmartin
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(*) Por Diego Díaz Martín, PhD
La bioeconomía se ha erigido como una visión transformadora para abordar los desafíos ambientales y económicos en Europa. En su esencia, se basa en la utilización inteligente de los recursos biológicos renovables, como plantas, animales y microorganismos, para generar productos, energía y servicios. Su enfoque se aleja de la dependencia de los recursos fósiles no renovables y promueve la eficiencia en la producción y el consumo, estableciendo un puente crucial entre la ciencia, la tecnología y la economía.
Esta disciplina abraza principios de sostenibilidad y economía circular. La producción de bienes se plantea de manera que los desechos se convierten en recursos y se reducen al mínimo los impactos ambientales negativos. Al mismo tiempo incrementa la eficiencia y reduce la presión de extracción de recursos naturales.
El tema es tan importante dentro del Consejo de la Unión Europea, que en 2018, una Comisión encargada de evaluar la aplicación de su Estrategia de Bioeconomía publicó una actualización de la Estrategia en la que se describen formas de acelerar el desarrollo de una bioeconomía sostenible en Europa. Su implementación ha sido revisada en 2022 y 2023, promoviendo la innovación en sectores como la agricultura, la alimentación, la energía y la salud.
La bioeconomía europea se enfoca en la diversificación de fuentes de materia prima, la mejora de la eficiencia en el uso de recursos y la promoción de la investigación y la colaboración interdisciplinaria. Desde la promoción de cultivos sostenibles hasta la producción de bioplásticos y bioenergía, la bioeconomía europea está redefiniendo la manera en que entendemos la producción y el consumo.
En un mundo donde los desafíos ambientales son más evidentes que nunca, la bioeconomía emerge como un faro de esperanza. Su potencial para generar empleo, fomentar la innovación y reducir nuestra huella ecológica es innegable.
Finalmente, es oportuno recordar que la bioeconomía desempeña un papel esencial en el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) al impulsar la transición hacia un modelo económico más sostenible y resiliente. Al promover la utilización responsable de recursos biológicos renovables se fomenta la seguridad alimentaria, la reducción de la pobreza y la mitigación del cambio climático. Además, al integrar la investigación, la innovación y la colaboración, la bioeconomía impulsa la creación de empleo, el desarrollo tecnológico y la equidad social, contribuyendo así a un futuro más justo y equilibrado para las generaciones presentes y futuras.
En nuestras manos está continuar explorando y promoviendo soluciones sostenibles que nos encaminen hacia un futuro más justo y equitativo, en armonía con la naturaleza.
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(*) Fundador y Director General de Vitalis. Académico universitario de la Red de Universidades de Anahúac en México. Contacto: www.linkedin.com/in/ddiazmartin
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(*) Por Victoria Sofía Luaces Rosito
El medio ambiente es uno de los bienes más preciados que los seres humanos disfrutan. Se es extremadamente afortunado de poder gozar de bosques, sabanas, ríos, playas y todo lo que el entorno natural puede ofrecer. Aunque lo antes descrito sean cosas que suelen darse por sentado, hay que luchar por su preservación, pues de lo contrario, todo podría desaparecer, como ha venido ocurriendo paulatinamente, comprometiendo el hogar de las futuras generaciones.
Desde los años ´70, en Europa se han desarrollado una serie de tratados e instrumentos para la protección medio ambiental. Así, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), ha considerado que preservar el entorno natural es un objetivo de la Comunidad.
La Unión Europea ha apuntado al concepto de sostenibilidad para incluir al medio ambiente en las bases de sus Estados miembros. Estos han buscado distintas maneras para contemplarlo dentro sus instrumentos legales. Sin embargo, si se revisa la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, se puede notar que este texto establece al medio ambiente como un principio, no como un derecho, coincidiendo con la forma en que está planteado en la Constitución española.
Al analizar los textos constitucionales de otros Estados Comunitarios se puede apreciar una amplia gama de formas para desarrollar este principio: algunos lo reflejan como mandatos de protección, otros como deberes constitucionales, e incluso puede ser incluido como un derecho social, como el caso de Francia, donde se consagra como el derecho a vivir en un ambiente equilibrado y respetuoso de la salud. Entonces, vemos como en Europa sí se toma al medio ambiente como un principio, y a partir de ello, se ha creado un consenso en que debe ser protegido y regulado.
Por otra parte, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no se ha hecho ajeno al avance medioambiental. Con esto, se ha dictado mucha jurisprudencia tendiente a la ecologización de verdaderos derechos fundamentales, favoreciendo decisiones en torno a la protección del medio ambiente y estableciendo responsabilidades por los daños causados.
Sin duda, el hecho de la inclusión del principio de protección del entorno natural en tantos aspectos de la legislación europea muestra, de cierta forma, la interdependencia entre el medio ambiente y otros derechos fundamentales, ya que, ¿cómo se puede gozar del derecho a la salud, a una vida digna, a tener una vivienda propicia, sin contar con un medio ambiente adecuado? Si el entorno ambiental donde se habita falla, toda la esfera de derechos que se posee, se va a ver afectada significativamente.
Como sociedad, no queda más que encaminar las próximas decisiones, individuales y colectivas, a dar mayor cuidado y protección al ambiente natural, a atender el espacio en que esta vive, aprovecha y disfruta, y dónde, si se hace bien, las futuras generaciones podrán seguir gozando de él. Quedará trabajar en favor de ello para conservar lo que la naturaleza ha dispuesto.
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(*) Abogada, especializada en Derecho Internacional Humanitario, actualmente culminando el máster de Asesoramiento Jurídico Empresarial enfocado en medioambiental en la Universidade da Coruña. Con un desarrollo académico y profesional enfocado en la protección de derechos humanos y desarrollo de proyectos sociales. Colaboradora de Vitalis en España
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Por Ronny Chacón (*) @ronnyoc
El greenwashing es un término acuñado para describir las prácticas de algunas empresas para promover su compromiso ambiental con productos y/o servicios más sustentables o respetuosos con el ambiente, proyectando así una imagen empresarial ambientalmente responsable pero que en la realidad difiere mucho de esto. El cambio es referido a aspectos de forma asociados a la publicidad más no de fondo en los procesos productivos o aspectos ambientales internos en la organización.
El uso del término se
remonta al año 1990, cuando ya existían algunas empresas que colocaban sus
productos con imágenes de la naturaleza, para mostrar su compromiso ambiental
que era cuestionable. Algunos consideran la práctica como la evolución del
blanqueo de imagen pero con el componente ambiental.
Hoy día, son más las organizaciones
que han iniciado su transición al desarrollo sostenible, donde utilizan el tema
de sostenibilidad para atraer a un mercado de consumidores que cada vez son más
consciente de sus compras y requerimientos, al entender que son corresponsables
de los problemas ambientales existentes, donde la sostenibilidad entra como
filosofía de marca pero separada por una delgada línea del límite del marketing
engañoso, pues se estaría hablando de un aspecto: la ética empresarial de
la comunicación.
Es común encontrar empaques
de marcas con mensajes de “100% natural”, “ecoamigable”, con
sellos verdes o el logo de reciclaje, aun cuando el empaque no pueda ser efectivamente
reciclado, la utilización de las palabras “eco”, “ecología”, “bio”,
“ambiental”, incluso en algunos casos dentro del nombre del producto o en las actividades,
para confundir y desviar la atención del público y del consumidor
especialmente. Algunos ejemplos, la
minería ecológica, un autolavado denominado ecológico por usar productos
presuntamente biodegradables y aun así desconociendo si los efluentes que generan
están o no dentro del límite permisible de vertido, cremas y jabones naturales
pero dentro de sus ingredientes componentes perjudiciales para la piel.
Un producto 100% natural no
necesariamente es amigable con el ambiente; el mercurio es un elemento natural pero
es altamente contaminante.
El
consumidor juega un papel importante, ya no es opcional quedarse en la banca
cuando los tiempos requieren que debe ser protagonista y convertirse en un
consumidor responsable, poner más atención en las campañas ambientales de
productos y/o servicios, preguntar, investigar, exigir más información y sobre tener
esa curiosidad al preguntarse ¿realmente estoy comprando un producto verde?
(*) Ingeniero Ambiental, egresado de la UNET (2004-2009). Profesor Universitario de la UNET cátedra de Gestión Ambiental. Diplomado en Testigo Experto y en Gestión Integral de Residuos y Desechos Sólidos. Consultor ambiental. www.linkedin.com/in/ronny-ch
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Por Diego Díaz Martín, PhD. / @DDiazMartin (*)
Es común observar como algunas empresas confunden sus acciones de responsabilidad social con la exclusiva necesidad de posicionar su marca, llegando al extremo de gastar más en comunicar y publicitar sus esfuerzos e iniciativas sociales, que en invertir en calidad y cantidad apropiadas en sus propias actividades benéficas o comunitarias, buscando el mayor retorno social.
Esta práctica, común en muchos países, no solo contradice los principios propios de la responsabilidad social, sino que puede crear una imagen adversa en sus públicos, quienes pueden dudar del compromiso ético y moral de las empresas.
En México es ampliamente aceptado que la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) comprende el compromiso consciente y congruente de cumplir integralmente con la finalidad de la empresa, tanto en lo interno como en lo externo. Este esfuerzo institucional considera las expectativas económicas, sociales y ambientales de sus principales actores, y suele demostrar respeto por la gente, sus valores éticos, la comunidad y el ambiente, contribuyendo así a la construcción del bien común.
Los ámbitos de la RSE responden a valores empresariales universales, y es el conocimiento y la profundización continua de esos principios lo que asegura su exitosa implementación. Ello comprende el respeto a la dignidad de la persona, la solidaridad y la vinculación con la comunidad, entre otros principios de aceptación general.
Si bien es justo y necesario que las empresas puedan y deban dar visibilidad a sus programas sociales por medio de la publicidad, caer en excesivas inversiones pudiera restarles confianza, equidad y transparencia a sus acciones, principios también implícitos dentro de la RSE. De igual forma, los excesos promocionales aminoran los recursos disponibles para los programas de RSE, que bien pueden dirigirse a vincularse más eficientemente con la comunidad y sus necesidades de desarrollo, impulsando al mismo tiempo la calidad de vida dentro de la empresa y sus zonas de influencia, exaltando la dimensión social del trabajo y promoviendo la conservación del ambiente, entre otros propósitos fundamentales.
Con todo lo anterior, no desearía que se le restara importancia a la publicidad como una herramienta clave para el éxito de muchas empresas. Bien establece esa famosa frase de “lo que no se anuncia, no existe”. Sin embargo lo recomendable sería lograr el punto de equilibrio en brindar la sana visibilidad de las acciones sociales del negocio, sin caer en excesos que pudieran desvirtuar sus propósitos.
Otro aspecto importante dentro de la RSE es medir el impacto de sus acciones y lograr resultados sostenibles en beneficio de sus grupos de interés. Esta es una tarea fundamental entre los emprendedores sociales, quienes valoran el resultado de sus acciones en la solución de la problemática que les ocupa.
Las evaluaciones de impacto permiten determinar los efectos de las labores empresariales en la atención y solución de una problemática social. Para ello se promueve el uso de metodologías rigurosas, usualmente estandarizas y validadas por terceros, que permiten estimar si los resultados sociales, son en realidad atribuibles a su intervención.
Un aspecto poco impulsado dentro de las empresas para lograr un mayor impacto de sus programas de RSE, es el intraemprendimiento de sus colaboradores con dimensión social.
Los intraemprendedores sociales de una empresa son aquellos trabajadores que desarrollan y promueven soluciones innovadoras y prácticas a retos sociales y/o ambientales no resueltos. En esta misión, y para que pueda lograr sus propósitos, el intraemprendedor debe conectarse con otros actores sociales, movilizar apoyos a lo interno de la empresa, capitalizar conocimientos y buenas prácticas, motivar a las comunidades involucradas a participar activamente en la atención del problema seleccionado, organizar el esfuerzo para alcanzar sus objetivos y detonar el emprendimiento en el seno de la corporación.
Más inversión responsable y medición de impacto es lo que se necesita dentro de muchos programas de RSE, sin caer en excesos publicitarios que pudieran ser más contraproducentes que beneficiosos.
(*) El Dr. Diego Díaz Martín es Profesor de la Maestría en Responsabilidad Social de la Universidad Anáhuac, Director General para las Américas de Vitalis y Profesor Titular del Tecnológico de Monterrey.
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